Conversaciones · Tres preguntas a Leticia González Díaz
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Diseñadora gráfica y escritora, autora de Catorce peldaños de madera, Leticia González Díaz explora en su obra las relaciones humanas, el pasado y los matices de la vida cotidiana.
En esta conversación responde a las tres preguntas habituales de Revista ERAGIN.
- ¿Qué lugar te ha enseñado algo que ningún libro podía enseñarte?
Mediados de los noventa, calle Brasil, barrio de La Calzada, Gijón. Yo era una adolescente vulnerable, integrada en una pandilla en la que había consumidores de heroína. Una mañana subimos a un piso a pillar. Al entrar, vi a una mujer en un cuarto oscuro, tirada en posición fetal sobre un colchón en el suelo, apenas un saco de huesos. «Tiene SIDA», nos dijeron. Supongo que esa imagen tan potente actuó como un freno de mano invisible en un momento en el que yo era terriblemente susceptible de caer en las adicciones. Y de caer, así a secas…
Aunque afortunadamente acabé saliendo de aquel entorno hostil, de algún modo me quedé mirando a esa mujer moribunda el resto de mi vida. Tardé años en ser consciente de su impacto, pero hoy sé que la crudeza de aquella estampa me salvó. No sé dónde estaría hoy si no hubiera entrado en aquel piso.
- ¿Qué pregunta te acompaña desde hace años y todavía no has conseguido responder?
El momento exacto nació el día que falleció mi madre. Desde entonces, la duda que me reconcome el alma es si habrá perdonado mis insolencias, mis desprecios, mi indiferencia y mis ausencias. Me pregunto si llegó a pensar que fui una mala hija, o si tal vez fue tan indulgente conmigo como lo soy yo ahora con mi hijo de veinte años cuando actúa de modo egoísta y cruel. Al ver cómo yo lo perdono porque lo amo, me pregunto si ella hizo lo mismo conmigo. En resumen, la gran incertidumbre que sigo sin poder responder es si mi madre, a pesar de todo, sabía cuánto la quería.
- ¿Qué palabra salvarías del olvido?
Salvaría la palabra amor, aunque no deja de ser una redundancia: cuando salvas algo, lo haces por amor. Solo el amor salvará al mundo, así que, si hay que rescatar un solo concepto, que sea aquel que salva a todos los demás. El lenguaje mismo es amor. Además, es un término objetivamente bello en cualquier idioma, hablado o escrito, y abarca todas las formas posibles de la existencia.
No hablo del amor estrictamente romántico o de pareja; hablo del amor en mayúsculas: el amor a la naturaleza, al cine, a la música y a la literatura; el amor a la familia, a los amigos y a los compañeros de trabajo. El amor al ulular de una tórtola y a los primeros rayos de luz de un nuevo día. Si preservamos el amor, lo preservamos todo.