Rayuela y un día
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Rayuela acaba de cumplir 63 años.
63 años y un día.
Ese día de más siempre me ha parecido sospechoso. En las sentencias judiciales aparecía como una propina del tiempo: treinta años y un día, veinte años y un día. Un día que no era exactamente un día, sino una rendija.
Quizá por ahí se escapan algunos libros.
Rayuela pertenece a esa extraña categoría de obras que no envejecen porque nunca terminan de instalarse en una época, pertenece a todas. Hay novelas que cuentan una historia y novelas que inventan una forma de leer. La de Julio Cortázar hizo ambas cosas, como el juego infantil de la rayuela.
Muchas personas lectoras llegaron a ella buscando una novela y encontraron un artefacto. Un juego, una invitación, una ciudad secreta construida con palabras. Un lenguaje propio: el glígico. Algunos la recorrieron de principio a fin. Otros aceptaron la propuesta de saltar de un capítulo a otro, como quien cruza un río apoyándose en piedras dispersas.
Hay libros que se leen. Hay libros que se recuerdan. Y hay libros que terminan formando parte de la biografía más íntima.
Rayuela pertenece a esta última especie.

Sesenta y tres años después sigue encontrando nuevas generaciones. Quizá porque la juventud no es una cuestión de edad, sino de curiosidad. Y porque toda gran literatura conserva intacta la capacidad de formular preguntas que nadie ha conseguido responder del todo.
Rayuela cumple 63 años y un día.
Y ese día de más sigue siendo una rendija.
Por ella continúan entrando lectores.