Conversaciones · Tres preguntas a Yolanda Jiménez García, poeta
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¿Qué lugar te ha enseñado algo que ningún libro podía enseñarte?
Nuestro paso por la vida es un aprendizaje continuo. Además de leer, investigar o escribir, nos relacionamos. Leí una vez que el maestro es aquel que aprende de todos y de todo: de las personas, de los lugares, de las plantas e incluso del silencio.
Somos seres permeables. Todo cuanto sucede a nuestro alrededor —los movimientos y las quietudes del mundo cercano o lejano— nos influye. De esa interacción surgen los lugares sabios, aquellos de los que aprendemos. Las conversaciones tranquilas, las personas con las que conectamos, la diversidad de culturas, credos y realidades.
Más que lugares físicos, son espacios de humanidad. Aprender a estar y cómo hacerlo. Eso es la sabiduría.
¿Qué pregunta te acompaña desde hace años y todavía no has conseguido responder?
Pienso en el tiempo que llevamos habitando el planeta. Como especie, venimos de una historia de luchas: competimos por la supervivencia, por el poder, por el deseo de poseer. Dominadores y dominados. Y, sin embargo, junto a las guerras, las masacres, los abusos, los machismos, los fascismos, la explotación y las hambrunas, también encontramos los grandes avances de la Medicina, la Tecnología, la Literatura o el Arte.
Esa dualidad me inquieta. ¿Cómo es posible que ambas realidades avancen en paralelo?
Ante esa pregunta, inevitablemente me interrogo también sobre mi propia responsabilidad. Qué puedo hacer yo, un punto aparentemente irrelevante en el conjunto del universo, a través de mis actos cotidianos, mis relaciones o mis creaciones.
Ahí entra la poesía: como forma de expresión, de compromiso y de coherencia. En definitiva, como una manera de aportar desde mi hacer.
¿Qué palabra salvarías del olvido?
Me encantan las palabras que, por desuso, permanecen en silencio. Pronunciarlas es devolverles la vida. Disfruto de sus sonidos, de sus matices y de los mundos que contienen.
Utilizarlas es enriquecer el lenguaje y ampliar nuestra manera de expresarnos. Muchas de esas palabras me conectan con espacios íntimos de calma y me invitan a la reflexión.
Entre todas ellas, elegiría una: orear.
Me sugiere algo parecido a un bálsamo de aire. Una exposición al viento. La paciencia de quien espera que la naturaleza haga su trabajo y confía en su ritmo, sabiendo que, llegado el momento, será.